8 ago. 2009

El otro lado de la acera

Salí del metro, iluminado amarillo nostalgia, con muchos colores gris beige y naranja, y por las escaleras de salida se asomó un charco que terminó mojando las orillas de mis pantalones de manta cuando lo crucé. Subí las escaleras con sonidos de hule mojado besando el frío piso, con la cabeza para arriba miranado el cielo con sus tonos de gris. Era el epílogo de una tarde lluviosa, con una lluvia temperamental y escandalosa pero poco duradera, y por la ventana de un café económico se asomaba la cara redonda sonriente de un joven gordito con una polo roja cenando con su familia. Di vuelta a la esquina y me seguí por la acera, sin cruzar la calle para el lado donde está mi edificio. Nunca me había quedado de ese lado, siempre había cruzado la calle, mirando por los dos lados, y pasado la óptica y el edificio de consultores y la mansión con cámara de vigilancia, pero esta vez no lo hice. Caminé del otro lado y fue como otro día, otra hora de la tarde, ya no mi calle, un lugar oscurito, envolvente, y hogareño y me gustaba, y era familiar como lo es una foto de tu cuarto desde un ángulo que no lo sueles mirar. Me gustó ese lado de la calle.

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