24 ago. 2010

La importancia del gel

Entre todas las clasificaciones binarias de gente que existe, siempre me ha parecido la más adecuada la que distingue entre quienes usan gel en el pelo y quienes no. La serie de valores y cosmovisiones que implica el untarse una pomada para la rigidez del cabello tiene una relevancia mucho más profunda que la elección, por ejemplo, de ser o no vegetariano. Decidir ser vegetariano implica una postura activa sobre cierta “limpieza” del cuerpo y una ética ambiental, pero finalmente norma la ingestión de alimentos, algo que no le es siquiera evidente a quienes te rodean. Usar gel también involucra una relación con el cuerpo, pero tiene que ver con algo mucho más importante: los límites geográficos que marca la humanidad.

Fue el año de 1929 en Birmingham, Inglaterra que se introdujo en el mercado una crema para mantener el cabello “en su lugar”. Desde entonces, el gel para el cabello no nos ha abandonado. Ha pasado por distintas épocas de popularidad, notablemente durante los años cincuenta, que decayó en la época de los 60. Es inevitable hacer la asociación entre una década que se caracterizó por el establecimiento de roles sociales rígidos e inamovibles, y roles familiares dentro de éstos, con horarios fijos y rutinarios para normar las actividades, y el aumento en el uso del gel. Hablo, por supuesto, de un fenómeno general que ocurrió en Estados Unidos después del caos de la Segunda Guerra Mundial, donde se solidificaron los principios y valores del American dream. No es coincidencia que en la década siguiente, que se caracterizó por un espíritu de rebeldía ante las fachadas de la sociedad y política occidental y un desenfrenado afán por la creación artística y el cambio, el uso de gel haya disminuido desproporcionalmente. Tampoco es coincidencia que en la década de los 80, con la maduración de otra generación que enfrentó las consecuencias de un renacimiento idealista, como la aparición y propagación del SIDA, junto con el condón, nos hayamos puesto gel de nuevo.

¿Será entonces coincidencia que el gel haya entrado en el mercado el mismo año que cayó la bolsa en la peor crisis económica de los tiempos modernos, posiblemente exceptuando la más reciente? ¿Se debe ver como un augurio o una reacción inmediata a la necesidad de apretar y asegurar? ¿Y qué nos dice el hecho de que el gel haya surgido en Inglaterra? Sin duda fue por algo. Hay un impulso en la humanidad que no gusta de los extremos, de la imaginación desbordante que puede cambiar nuestra relación con el entorno incluso a niveles físicos. En un país que fue el primero en Europa en decapitar al rey, y que es admirado por la creatividad temática, y soltura al elaborarla, de sus escritores, es natural que ese impulso conservador y abrumado salga con algo para encontrar un equilibrio. En este caso, esa fuerza inventó el gel para pelo.

¿Qué motiva este impulso y qué tiene que ver con los límites geográficos? Es evidente que, siendo propia de la humanidad, es mucho más antigua que el gel de pelo, y sería interesante encontrar equivalentes del gel a lo largo de la historia. Ese impulso se activa por el miedo a la pérdida de control y la necesidad de establecer límites fijos. Podríamos decir que nace de la mano de la duda e incertidumbre, síntomas claros del malestar por conciencia y conocimiento. Visto así, la primera reacción ante un salto del hombre fue la aparición de la ropa cuando Adán y Eva terminaron de digerir esa fatal manzana. Ya no eran parte del jardín, vieron y se sintieron vistos, y sintieron la necesidad de ocultarse, de poner una barrera material entre ellos y su entorno.
Poco a poco a lo largo de la historia, fuimos asimilando e incorporando elaboraciones de esta primitiva barrera material (la que tapaba sólo nuestros genitales), como son las camisas, los pantalones, los zapatos, los calzones y, particularmente para la delimitación de las mujeres, los corsés y brassieres. Cada elemento se ha ido absorbiendo hasta pasar desapercibido como algo usual del hombre, de la misma forma que se aceptan como naturales las fronteras cada vez más específicas entre países, y las calles y banquetas en el paisaje que nos rodea. Aunque el enfoque de este ensayo sea, para poder generalizar sin tantas especificaciones, el mundo occidental, es iluminante notar que en varias culturas orientales, mucho más estáticas y ordenadas, la estética siempre ha sido mucho más rígida. Se ha optado por remarcar los límites de los rasgos faciales femeninos y por vestir con ropa muy recta y cuadrada. En China, una fijación por los pies pequeños ha llevado a que las mujeres de la nobleza compriman sus pies con tablas de madera para que no crezcan más de lo deseado. En la religión islámica, la obsesión por separar los límites del cuerpo de la mujer y aislarlo de su entorno ha llevado a la imposición de trajes sofocantes que a veces sólo descubren los ojos: las mujeres siguen pudiendo ver, pero ya nada de ellas es visto.
Entonces, en Occidente… es cierto que se ha acentuado la ambigüedad y relatividad de las ideas y del lenguaje, y por ende, de cualquier sentido absoluto, en el transcurso de la historia. Es donde más se ha cuestionado y rebelado contra regímenes, esquemas y estructuras opresivas e insuficientes; donde más vueltas hemos dado reconociendo y jugando con, no sólo la palabra, sino la palabra que persigue la palabra, no sólo el pensamiento, sino el pensamiento que sabe que se piensa, y es donde más perdidos nos sentimos. Somos la cultura sedienta, la que sabe que Ítaca no se va a ninguna parte y quiere emprender odiseas. Pero de pronto nos damos cuenta que el viaje está en nosotros y entonces llegar a Ítaca no nos brinda ninguna clase de tranquilidad: síndrome del hombre sedentario. ¡Qué tal el espíritu de descubrir Américas donde ahora sí podremos poner en práctica los ideales civilizados en una tabula rasa y lograr las Utopías!… la manzana sólo fue la primera caída, ha habido varias muertes. Varias pérdidas de inocencia. Y con cualquier pérdida de inocencia, viene la culpa. Y la culpa casi nunca se supera. Después de la culpa, viene el gel para el pelo.

Es muy extraño observar, y a mí en lo personal me genera un sentimiento de profunda disonancia, a madres greñudas peinando a sus hijas e hijos con grandes cantidades de gel. Hay más niños que adultos con gel, por lo menos en ciertos sectores de la sociedad, y casi siempre –exceptuando algunos niños creativos que ven en el gel la oportunidad de, en vez de aplastar, ampliar el volumen de su cabello y jugar con su forma (aunque seguramente estas manifestaciones artísticas se ven rápidamente sancionadas por los neuróticos padres) —se quejan de su consistencia incómoda y la comezón de lo duro que tan poco natural es para su pelo. Estos padres parecen estarse adelantando la caída de la infancia y repitiendo el gesto defensivo de ese impulso ordenador una y otra vez. “Tal vez es mejor evitar totalmente una caída: nuestros antepasados erraron, no tienes por qué tropezar por los mismos caminos. Si desde chico tienes principios morales sólidos y un peinado bien aliñado, no tiene por qué ocurrirte ningún mal”.

Un aspecto importante del gel es el carácter liso, duro y brilloso. En las concepciones estéticas del hombre siempre ha habido una preferencia por lo transparente; el agua se ha asociado con pureza, y mientras más brille, más limpia está. Lo liso es preferente a lo rugoso, como nos demuestran las cremas anti-acné y anti-arrugas y, antes de eso, la imagen de la doncella con “piel de nieve” contra la bruja con una gran verruga. No nos gustan las áreas grises, lo turbio, lo mulato. Lo duro da más confianza que lo aguado, como demuestran los programas de fitness para tener un abdomen de acero, y los nudos ya no están de moda desde el Barroco. Entonces, además de sus implicaciones históricas, ideológicas, y psicológicas, el gel tiene un aspecto estético muy importante.

Hoy en día tal vez más que nunca antes (repito, dentro de la cultura Occidental), cada individuo es responsable de sí mismo y toma de una manera activa sus decisiones personales. Hay cada vez más libertad para tapar o destapar lo que uno quiera del cuerpo, incluso de tatuarse o perforarse la piel, y experimentar con el peinado, como consecuencia de nuestro impulso hacia el cambio y la innovación, y se agrupan las tendencias en estilos y modas muy específicas, como consecuencia de nuestra necesidad de separar en pequeños grupos bien delimitados.

Abrazando esta necesidad como parte de mi humanidad, me satisface dibujar una raya gruesa y definitiva entre quienes eligen usar gel y los que no. Siempre dentro del cuadrado se pueden dibujar infinitos cuadritos: habrán consumidores de gel obsesivos que pasen por varios botes en unos meses, habrán quienes recurren al gel en épocas de sus vidas normadas por un trabajo exigente o afectadas por un periodo de paranoia y estrés, y habrán consumidores que en verdad utilizan el gel con fines igual de estéticos que quien decide hacerse un afro. En este último caso, no hay distinción entre el que usa gel y el que se hace el afro, aunque Freud probablemente diría que la elección revela mucho. Se trata de gestos con un mismo origen: el de querer ser vistos. Los consumidores de gel “típicos” también son vistos, pero su uso nace de la necesidad de domar, aplastar, moldear y delimitar su pelo, haciendo que parezca otra cosa. Cabe aclarar, como paréntesis, que yo identifico un grupo de consumidores de gel “de closet” que cumplen con las mismas características de quienes usan gel, sin usarlo. Pero el hecho de que se lo apliquen en el pelo, característica esencial de ser mamífero, le da un aspecto reptiliano. Usar gel viene de una profunda vergüenza de sí y de lo humano, de querer no sólo ver sin ser vistos, sino retroceder, fingir que no se es nada de lo que se es, jugar a ser la serpiente que tiene todo bajo control y vigila los niños en el Paraíso.

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