28 ago. 2010

Devendra Banhart

¿Por qué decimos que la música nos "eleva", o que es "el viaje puro, puro viaje"? Hay algo en la música de movimiento, de flujo, de aire y agua que mata la gravedad de la tierra. La música incita los ojos: lo que vemos se ajusta a un nuevo (des)orden y baila. Si decidimos no ver, la música dibuja figuras coloridas y móviles. No tiene nada de estático la música, y nos permite desenvolvernos como podemos en sueños, o en el mar, donde nada pesa.

Pero también hay algo de la música inseparable de la tierra, del hogar. La música sabia y conciente vuela como un papalote, celebrando en el vuelo el placer de tocar tierra y tener centro, placer que cualquier marinero conoce después de largas noches en tormentas vertiginosas. Sin ser confesional, la poesía es siempre de la sangre, y siguiendo esta noción de hacer vibrar con contenido real la expresión artística, la música es siempre de la tierra. Yo escuchaba Devendra en mi nueva casa abriendo cajas de mudanza, con luz tenue y la compañía fibrosa de mi mamá y mi mejor amiga. La voz profunda y desvergonzada de Devendra, expresiva pero juguetona, que a ratos se ausentaba para experimentar con las sutilezas de suaves acordes acústicos, encajó con todas y ayudó impulsar las primeras experiencias hogareñas en el nuevo espacio. El sentimiento incompleto de hogar siempre tiene en el fondo la añoranza. Hermosa añoranza, añoranza quieta, añoranza aceptada que flota y... eleva. Eleva con todo y las cajas, paredes, piso, y perrita.

Era díficil saber qué esperar en un concierto; definitivamente es música más privada, a lo mucho para reunirse con una bola de buenos amigos en una sala semi-oscura o bien en un picnic en el bosque. Aseguro que varios se desconcertaron, placenteramente, al estar en un concierto de la música que acostumbran escuchar tirados en su cama después de unos buenos toques. Cerraban los ojos y se sentían en su cuarto... definitivamente la forma de disfrutar este concierto era cerrando los ojos y dejando que las sutilezas del viaje te arrullaran. Pero fue muy difícil lograr adentrarse. O uno se adentraba mucho, y casi se quedaba dormido; despertaba casi chocando con la persona de al lado que muchas veces parecía no estar poniendo atención. Si no, los vendedores de cerveza pasaban entre la gente, la multitud platicaba entre sí, se conocía, intercambiaba eufóricamente encendedores, vasos y cigarros, como si el concierto estuviera de fondo. Y es que simplemente, el sonido no estaba tan bueno. Varias veces llegó a rechinar con tanto estruendo que tuve que suspender el esfuerzo de apreciar lo que tocaba y apretar los labios en disonancia.

Aunque es difícil saber qué esperar, uno definitivamente fantasea. Idealiza, imagina lo que la música misma a ellos les transmite que debería ser un concierto en vivo, con qué ambiente y con qué gente. Yo en mi volada cabecita imaginaba el salón vuelto paraíso psicodélico, el escenario extrañamente al nivel del piso, Devendra con pelo largo y barbota, quizá con un porro en la mano, haciendo sonar su voz pura mientras todos los freaks pandrosos bailaban a su alrededor, sintiéndose en comunidad. Me imaginaba encontrándome al chico hermoso que ya dos veces me topo en la entrada de mi edificio y que, ya dos veces, me dijo que no vive ahí pero me preguntó mi nombre, y la segunda vez, mi número de departamento. Nos reconocíamos desde el otro lado del cuarto y todos nos abrían paso hasta que nos acercábamos, y sin palabras, celebrábamos la climática fatalidad de nuestros encuentros casuales. Devendra improvisaba una canción en nuestro honor. Temo que a veces es mejor no ir a ciertos conciertos porque uno los idealiza tan, tan trágicamente, mal.

Lo primero que imaginé mal y confirmé desde antes de entrar, fue la gente. Definitivamente la música que yo más creo "de la tierra y del pueblo", en un país como el nuestro que además está en crisis económica, es mercado para muchos fresas. Verdaderamente hubo de todo, pero hubo mucho de personas que sabes, porque se nota, que no viven esa música de la misma forma que tú. Y no está mal, simplemente sorprende. También imaginé mal la apariencia y la actitud de Devendra, que lejos de ser el personaje hipnotizante y bizarro que yo imaginaba, sin pelo largo o vestimenta fuera de lo común, apenas destacaba en el escenario.

Finalmente, fue una combinación de presencia débil en el escenario y respuesta débil del público que, junto con el mal sonido, y claro, las altas expectativas que había tenido, hizo que mi experiencia fuera más extenuante que placentera. Volteaba mucho a mi alrededor para ver si era yo la del problema: obtuve confirmaciones varias, pero también la confirmación de que es hasta cierto punto ilusoria la comunión en los conciertos; quizá cuando uno lo siente es porque él solito está entrado y se siente conectado con todos. Pero para mí misma, concluí que tener este tipo de revelaciones en un concierto era indicador de que no me había metido en la música, porque cuando es verdaderamente bueno y me absorbe, ni siquiera dudo, no pienso. Creo que lo que no sentí en el concierto fue la quietud y el silencio que palpitan en su música, había demasiado ruido. Tampoco fue tan de mi gusto el repertorio de canciones que eligió, faltaron muchas de mis favoritas.

No dejaré que Devendra caiga de mi gracia como lo que es y siempre ha sido, pero definitivamente su presencia escénica me convenció de su convencionalidad y probablemente poca permanencia en el mundo de la música. Es, tristemente, algo inseguro. Su imagen, que fuerte y bien lograda constituiría una personalidad absorbente, al caer en la artificialidad causa un poco de bochorno, incluso para el espectador consigo mismo.

Sin embargo, hubieron varias canciones que bailé con una sonrisota en la cara, y seguramente si el sonido hubiera estado mejor, mi crítica sería otra. Te queremos, Devendra. Solamente preferiré admirarte y escucharte en la comodidad de mi recámara, idealizando y fantaseando con lo que me transmites sin quererlo.




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