28 jul. 2010

Trono de Sangre

El camino de la locura es para todos, con tal que se pierdan en la telaraña. Si terminan encontrando fantasmas y creyéndose brujería, serán esclavos de los espectros. Ese espectro también es la culpa de la consciencia. O la consciencia de culpa. Es esa sombra de otro en el hombre, de otra voz. No sabe si esa voz es su consciencia o su culpa, pero es conflictiva para él.

Cuando la mujer fríamente le dice todo lo que le sorprende escuchar, lo que le mata reconocer que está en el fondo de sus pensamientos, también se vuelve esclavo. Es el inicio de una obsesión por el poder, fundamentado en una gran paranoia: un miedo a las voces, propias y ajenas, a las que no tiene mucha resistencia. Un verdadero guerrero, el hombre es un luchador que sale de la niebla y enfrenta lluvias de flechas. El narcisismo más instintivo lo mueve, la voluntad de poder.
Cuando se han invertido los papeles, y es la mujer quien se lava las manos, carcomida por culpa, y el visceral tirano quien no para de derramar sangre, creyéndose protegido por ángeles y elegido por dioses, ella aún representa la culpa que él intenta ignorar. Son las mismas sus expresiones faciales y gestos.

Mujeres lloran cabizbajas en los rincones. La voz de un hombre mueve montones. Un clima tenebroso y caótico imposibilita la ilusión de la paz. El que se volvió tirano, resulta, no quería realmente estar en paz. Eso reconoció, eso desató en sí mismo. Qué extrañas cosas hacen los hombres.

Esta película da una verdadera demostración de la naturaleza de la moral como requisito de supervivencia. Como requisito de cordura, mental y social. Sin embargo no es moralista. Es capaz de llevar a tal delirio onírico, que la marcha de los hombres de ley y orden al castillo no nos tranquiliza, es oscura la imagen de soldados con árboles en los hombros. (¿Qué hace el hombre? ¿Y qué la naturaleza?) Nos hemos creído el sueño y descreído de nuestra libertad. Hombres de poca voluntad, teman y atentos. Seamos completamente firmes y herméticos, o caigamos al abismo.

¿Cómo no ver sólo la sombra andante, el ruido y la furia al final? Si el héroe guerrero termina con setenta flechas atravesadas y además él solito es la causa. Como el rey anterior, y el anterior. Casi nunca sucede que uno hereda el trono sin mancharse con una gota de sangre. Es la imagen que construye Kurosawa. Es una imagen estéril y absurda, como la misma mujer, extraña detonadora de todo, que no logra ser madre. O la palabra de una bruja en el bosque –ambas débiles e incapaces sin el hombre débil que las obedezca. Es un juego de lo corruptible. Es la locura más humana que ningún doctor puede curar, por la imposibilidad de la reconciliación. Lo hecho, hecho está. Lo visto, visto está.
Kurosawa lleva la adaptación a su nivel más ilustrativo. No nos cabe duda que esto es Macbeth.

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