20 may. 2010

Elogio a mi pequeña comunidad

A veces y muy pocas veces dan ganas de llorar de la felicidad. Son lágrimas por la nostalgia que vendrá. Tengo un amigo que todo el tiempo quiere estar en otra parte. Vive por el escape, y lo confunde con el viaje. Siempre me platica de la pequeña comunidad; cuánto le echa la culpa al ruido de los coches, el sistema político, y la gente cerrada y pendeja. Si viviera lejos, lejos, en un bosque donde al lado del cinéfilo viviera el pintor, y todos se llevaran bonito, y fumaran yerba en la terraza por las noches, realmente sería feliz. Yo le digo que el mundo le seguiría pesando, aunque estuviera lejos, porque lo lleva consigo... y que yo ya tengo mi pequeña comunidad. Soy aguja en el mar de mi ciudad, y mi comunidad la sé pequeña por lo grande de la ciudad.

Salgo de clase y me dirijo a la roca en el pasto donde comparto el espacio con unas personitas que a veces llamo amigos porque nos gusta caminar solos al mismo tiempo y a los mismos lugares. Me quedo leyendo. Se acerca alguien a venderme inciensos, viene de un país del sur. Más tarde me encuentro en la azotea de la facultad de ingeniería escuchando Led Zeppelin ante un contraste de cielo ácido, por un lado onírico azul y rosa, y por otro lado tétrico amarillo con gris. La lluvia se avecina. ¡Los relámpagos me excitan! Abro el paraguas azul y río, me cambio de lugar. Son otras las personas que me acompañan. De regreso, ya noche, el cielo ya transformado, escucho las notas más tristes que me hacen deleitar mi sensibilidad. ¡Y el pasto mojado en mis pies! Corrijo el paisaje imperfecto recogiendo un carton de basura. No camino sola, siento el amor de quien me acompaña. Compartimos audífonos, y aunque no estemos en sintonía entre nosotras, las dos apuntamos al único cable que nos contecta al aparato. Una conexión nada mas… Escucho mi grupo favorito en el camión. El viaje a mi casa es largo y corto. Camino poco, es un bonito paseo y cuando llego al camión siento que ya llegué a mi casa; la ida es ya un descanso. Me bajo, paso por el café, seguido del bar, donde mientras avanza la semana, aumenta el número de gente, y también sus ánimos. Me sonríen. En el restaurante de la esquina, veo a la gerente, que probablemente no me reconoce, pero iba en mi escuela y compartíamos las mañanas en el camión escolar. Dejo mi mochila en mi casa y camino a la esquina al Falafelito. Me da gusto que un negocio nuevo y tan descaradamente bueno esté teniendo tanto éxito. Son veganos, kosher, reutilizan el aceite como combustible, tienen un plato de agua para los perros… ¿qué más puedo decir? Sonrío cuando veo que uno de los clientes ya tiene su cupón de consumo lleno a la mitad. Al lado del local está la bici de los tés chai, no puedo resistir esa dulce mezcla de canela y cardamomo. Me pasó algo extraño. No reconocí al vendedor antes de ver la bici, me senté al lado de él mientras yo esperaba y él fumaba un cigarrillo, sintiendo que lo había visto en alguna parte. Momentos después, cuando lo vi al lado de su bici, lo saludé sin darme cuenta que era el mismo. Aún no me había dado cuenta que era el mismo cuando el que fumaba un cigarrillo elogió mis sandalias. Cuando me dio mi cambio ya lo conecté. Conexiones y disyunciones… El del té conoce al dueño del falafel. Voy desglosando conexiones y disyunciones y de pronto, veo a mi perrita que se pone a mis pies, seguida de mi mamá, que me abraza y me paga la comida. Nos quedamos platicando los cuatro. I am hungry again. I am drunk again. Hay un típico embotellamiento Condesa. El dueño empieza a gritar que callen los Klaxons, (“deberíamos vivir en un mundo sin violencia”)y yo me uno. “¡¡Me voy a quedar sorda carajo!!”… “Esto no lo voy a extrañar” dice mi mamá.

Sí, vivo en una burbuja. Pero no es redonda, ni cerrada.

En mi clase de poesía hablamos sobre los escritores que escriben sobre sí mismos. Sobre su propia vida. Parece que es bastante molesto. También parece que es una línea difícil de trazar (eso de escribir sobre uno mismo o sobre... ¿Qué?).

Perdón si les dieron ganas de vomitar por lo cursi. Perdón si bostezaron o les caí mal. Hay días que quiero grabar en algún lado, de alguna forma. Hay días en los que siento que mi vida sí es digna de contar.

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