6 abr. 2010

Encierro

Despierta en un oscuro, negro ombligo todas las mañanas. La torre. Su cabello le llega a los pies –es su cobija, almohada que abraza. Se acerca a la ventana. Hace muchos años que sólo ve viento. Hay una alfombra púrpura donde juega con los pies y sus dedos. Frota. Y su vista cree que flota… los techos de su torre son altos, si alza la mirada ve lejano el pico: un triángulo gris lleno de polvo donde los ecos se acentúan y algunos cuervos habitan. Hay jaulas de pájaros cítricos en las paredes. ¡Quisiera comérselos! Les platica pero no la escuchan…. Sabe que ellos entienden el espacio como ella sólo intuye: ¡vuelan! Sienten la inmensidad de la torre que cancela la inmensidad de la afilada alcoba, que cancela la inmensidad de ella en relación a sus pequeños cuerpos. Ella no sabe para qué están las jaulas. Ella se encerró… ¡imposible encerrar a otro ser vivo! De cualquier modo, vuelven, parece que todos construimos nuestras jaulas. Música de viento, molino de estancamiento… el silencio frustrado de los intervalos del canto de los canarios. Silencio, jaula, punto negro en un mar de viento…. Quiso vivir en esencia para darle sentido a su existencia. ¿Qué había hecho? ¿Lo tenía? Nunca iba a poder salir…

Despierta en un blanco hospital. La enfermera volvió a entrar sin tocar, ¡qué rabia que la encuentre todas las mañanas en la misma posición, con las sábanas desechas y la mano ahí metida, y no se preocupe por interrumpirle el sueño! Le dolió abrir los ojos y que todo fuera luz, tan feo, tan imperfecto el rostro de la misma enfermera y el agua dudosa en el vaso de vidrio con huellas de manos sudadas y ver que las pastillitas eran lo único con color. Las tragó amargamente.

Se quedó en silencio. La enfermera era como una mosca que zumbaba y ella fruncía el ceño en desconcierto de no poderla ignorar. Su vida era estar en esa cama blanca entre comidas y pesadas idas al baño, mirar películas en la tele y leer los mismos libros amarillos, tocar el timbre cuando necesitaba algo, y aún así le molestaban estas interrupciones. Cuando por fin se fue la enfermera, pudo volver a su estado habitual de espera. Lo que más hacemos en la vida es esperar. La vida misma es una larga espera… disfrutó los momentos de inacción antes de que se volvieran insoportables, antes de que la espera se tuviera que ver acelerada y convertida en un mientras al prender el televisor. Lo que ocurre cuando se agota el temporal sosiego…

Miró tres películas. Las miraba también esperando: esperando a que acabaran para poder ver la siguiente, para poder ver las manecillas del reloj más avanzadas. Se acercaba la hora de la próxima comida, un tiempo de acción donde se suprimía la espera. Pero era como encontrar el sueño: se aferraba a esos puentes entre dos vacíos. Qué incómodo es cruzar esos puentes. Sabes que si no avanzas, el puente se vuelve igual de vacío. Entonces debe pasar rápidamente, para poderse disfrutar: mejor correr cuando somos libres porque pronto lo dejaremos de ser. Curiosamente, el tiempo más preciado se vuelve ese intermedio entre la espera y la acción, el punto de inflexión donde se sienten los cambios, el viento, antes de que la realidad llegue con su decepcionante solidez, ¡antes de entrar en ese puente donde en vez de esperar lentamente corremos hacia tener que esperar nuevamente! Y vaya, con esos pensamientos vivos de estancamiento. Si pudiera aplacarlos, no existiría ese factor de distensión. Es como ese suero con vitaminas que corre por sus venas y que impide que sólo se funda con su blanco alrededor.

Se quedó un rato sin hacer nada. ¡Querer no tener que hacer algo para estar agusto haciendo nada! O más bien realmente querer hacer algo… nada funcionaba. ¡Qué comezón! ¡Qué inquietud! Tuvo que frotarse el sexo para que la tensión no la carcomiera. Lejos de placer, lo que despertaba en ella ese contacto era un aturdido despecho del cuerpo. Volvió a prender la tele. Qué tranquilizante, y fácil para la mente caer en ese teatro, pero a diferencia de cuando la mente se veía encendida por la vida o un libro, el cuerpo era quien se quejaba y retorcía.

Los recuerdos ¿qué eran? Nada más que incertidumbre. No recordaba haber hecho la mayoría de lo que sabía había hecho y dicho: un comentario acertado, una canción de embriaguez en una fiesta, sus decisiones, los paréntesis. Lo recordaba como sus películas, como cosas vistas o contadas. Recordaba que ese libro sí la había atrapado, y que con aquél otro no paraba de alzar la cabeza y cambiar de posición. Recordaba la simbiosis que había formado con aquellos amigos y amantes, simbiosis de no verlos realmente. Sea un bultito de fantasmas o sólo nosotros, siempre cargamos unidades. Era finalmente lo mismo. Estaba igual de sola que siempre.

Esa relatividad es tan real; si no, ahora no aguantaría, no estaría sobreviviendo. De joven lo había comenzado a comprender: cuando estuvo una semana encerrada en su casa después de una operación en la rodilla, sintió el temor y el tedio de una vida donde nada ocurría, sin salida. Lo sintió no solamente por vivirlo, sino por extrapolar lo que sería estar así siempre, sin ninguna motivación o esperanza. La vida le pesó demasiado. Antes, jamás lo habría imaginado… la vida parecía corta y los proyectos inagotables. Ahora adivinaba que algo así sería su vejez y, mezclado con el deterioro físico de su cuerpo, la vida perdería todo sentido. Escribió un cuento que le dolió en el cuerpo escribir, un cuento tedioso que le costó poner en palabras. Un recuerdo surgió: los viajes de carretera cuando era chiquita, cómo no aguantaba ese encierro, la claustrofobia. Esa comezón…

Pero después, de adolescente, ¡cómo lo disfrutó! No se cansaba de mirar el paisaje, del arrullo de las curvas, la conversación que de pronto se encendía y moría natural y tranquilamente, los largos silencios y los disco tras disco en el estéreo… Ese recuerdo le dio esperanzas. No debía temer su vejez si ahora no la podía asimilar.

Vio más tele. Le marcó su hija por teléfono, y no tuvo nada que contarle ni responderle. Sin embargo, hablaron un largo rato. Le trajeron la cena. Vio las noticias con gran desapego. Comenzaba a oscurecer y el sinsentido se infló como una esponja secándose en el baño. ¡Que el día se haya agotado así, tan rápido! Y que ahora falte tanto para que vuelva a amanecer… la noche es el verdadero día. Sin las alteraciones del sol, todo luce ensimismado.

Apagó la tele para ver qué le provocaba el silencio. Ya eran las once de la noche. Pudo quedase dormida, y soñar el mismo sueño.

La mujer en la negra torre… pasaba los dedos por su cabello. Sus uñas eran largas, lisas, puntiagudas. Por la ventana entraba una luz dudosa, móvil, que jugaba con su pelo aún brillante, su pelo sol en ese abismo. No se cansaba de tocarse el cabello, qué extraño placer, qué ritmo sensorial. Llegan los canarios y sujetan algunos caireles que ella va extendiendo. Los agarran con sus patitas y vuelan, jalan jugando, sin causar dolor. Varios se unen, hay tres o cuatro y ya no sobra pelo para que ella juegue. Comienza a reír, y sus manos bailan con los pájaros y con su pelo. Vuelan todos juntos, y su pelo, su pelo… su cabello, bello, bello… alas, manos, rizos, oculta entre todo esto, su sonrisa. Entra la brisa, el viento se une. Comienza la risa…

Despierta en un blanco hospital. Desconcierto, enfermera, pastillas, baño, desayuno, tele, tele, tele, noticias, periódico, tele, película, tele, comida, tele, libro (intento), tele, película, cena, tele, libro (arrulla), sueño. Afuera de la ventana, no sopla el viento. Hace un calor húmedo, un calor pegajoso de árboles quietos. Duerme. Desde hace mucho tiempo, ni en sueños llega a horizontes nuevos. Sólo a la negra torre.

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