23 sept. 2009

La vela

Hoy es sexto aniversario de la muerte de mi abuela materna... seis años, tres pares de años y un par de tres años --una conjunción extraña de ciclos. Lo que más recuerdo de mi abuela es un cuerpo que encarnaba lo sedentario, ya sea tomando té de hierbabuena en su biblioteca de amarillo y madera, anotando ideas y observaciones para un futuro o fin imprevisibles, o cambiando los canales de la televisión. Ahora me quedan cajas y cajas de libros, páginas secas con mucho, mucho polvo... la cantidad de libros evidencia la densidad de su vida intelectual, y el contenido es quizá lo único inmortal en esta casa. Aunque la casa no parece ser muy mortal... se deteriora, está gris y medio despintada, pero así la recuerdo siempre, y aunque ha cambiado, es el mismo lugar donde escuchaba el perturbador ahullido de los gatos callejeros cuando venía de visita a casa de mi abuela y compartía el cuarto de la alfombra roja con mi hermana. Recuerdo la mesita de plástico, los juguetes, el almacen lleno de papeles y poemas, y siempre infinidad de polvo. De la mujer que fue tengo una idea mucho más completa ahora que he crecido y escucho las historias, entiendo el personaje que fue y la vida que llevó, cómo fue siempre una reina de corazones mochando cabezas con dulzura y suavidad... esta descripción que podría sonar ofensiva mas no tiene la intención de serlo... finalmente la anciana que yo recuerdo usaba biberón para comer la sopa, y mataba de calor a los niños poniéndoles siempre otro suéter... pero sé que de joven fue una mujer inusual, independiente, inteligente, y audaz. Me hubiera gustado platicar más con ella, y lo hago a medias a través de los escritos que dejó y los libros que con lápiz ligeramente subrayó.
Hoy prendimos una veladora en su honor. Caminé al súper y agarré la primera que vi, tenía una calcomanía de Jesucristo que mi mamá intentó arrancar y no pudo. La verdad no me fijé mucho si había otros diseños... la calcomanía no se desprendió, pero dudo que a mi abuela le hubiera importado ser conmemorada con una veladora cristiana. Ahí estábamos, las dos generaciones frutos de ella, mi mamá y yo, tan lejanas todas pero apretujadas en ese cuarto donde las tres hemos pasado casi toda una vida... la llama encendió la mecha lentamente, la mecha virgen se fue quemando de vida (calor, fuego--- ¿fuego es vida?) de arriba para abajo, tan pero tán rápidamente. Luego de arriba para abajo, la llama se empequeñeció y la mecha negra fue cayendo en ceniza (polvo). Por un momento parecía que la vela se iba a apagar... pero fue de esos momentos que ni existen porque no hay tiempo de asimilarlos, en cuanto existen son pasado porque son menos de un respiro, entonces en menos de un respiro vimos que la llama vivía, y la llama siguió y probablemente siga hasta mañana.
Donde quiera que estés, una luz para alumbarte.
¿Donde quiera que estés? No estás en ninguna parte, eres la llama de la vela, que se encendió por ti, y eres nosotras, viéndote quemar lo último, resonar lo último, en tu aniversario de muerte, representada en este acto que es lo único que te sigue dando vida, esa vida a medias que no nos parece vida, pero finalmente es un poco más que la muerte. Queda todavía tanto de ti, aunque sea sólo piedra, papel y polvo. Por hoy hay más, por hoy hay fuego. Mi mamá y yo nos abrazamos y partimos, sabiendo que tarde o temprano seguiremos vivas, años después de nuestra muerte, en la pequeña llama de una vela.

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