31 may. 2011

Manos

Manos. Manos que no se cansan de hablar, que no se cansan de tararear. Tararear... manos tumban tarareos por cualquier tipo de superficie. Como si fueran teclas, tocan ritmos tántricos. Las manos conocen liso, conocen agua y jabón. Cuando las lavas se esfuman, además de que se espuman: se convierten en fantasmas. Mis manos tocan mi cara y con uñas la arañan un poco, la rascan en puntos sensibles, bajan por mi cuello y tocan cada piedrita de mi collar, se llenan de todo. Manos de vainilla recogen el cereal que se regó por toda la cocina y lo intenan limpiar del polvo porque sí lo consumirán. Se ponen pegostiosas y polvosas. Cuando hay un hilo suelto, ellas lo desenredan y lo deshacen hasta que sean múltiples hilitos. Manos lo colocan en la orilla de la ventana del metro. Manos amasan y sienten el espacio entre los dedos como un vacío sediento que da tragos profundos y se frota en el abismo de la masa. Mis manos conocen los volúmenes de mi cuerpo, y buscan conocer los volúmenes de tu cuerpo. Sienten las páginas del libro como si buscaran aletearse mariposas y volar con ellas. Las manos sudan, se ensucian, sostienen el peso de todo cuando están en el camión que nos sacude el equilibrio, las manos también limpian el café molido que no cayó directo en la cafetera. Manos de mañana, manos de noche. Mis manos son lo que te ofrezco para que me guíes, tus manos son mis ojos y mis manos son tu corazón.

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