5 sept. 2010

Egoísmo

El error parte de ver belleza en el otro y confundirlo con tu propio reflejo. Sólo nuestro propio reflejo nos puede dar tranquilidad, no nos gusta lo desconocido. Pero los demás no son espejos, y sí son diferentes. Para entender el egoísmo del hombre, no necesitamos más que analizar los valores que rigen su interacción social. Todas sus conductas parten de un impulso velado de buscar espejos en los demás, y el lenguaje es el ejemplo más representativo. Esta necesidad de buscar espejos es la reacción ante un sentimiento de paranoia, tan humano como el egoísmo y paralelo a éste. El lenguaje, en un sentido más general, está en toda interacción, pero como una respuesta natural y funcional que busca hacer visible algo para alguien más. Un pájaro canta porque sabe quién es y dónde está, y su melodía se funde con su entorno. Los animales no se reconocen en un espejo. La utilidad del lenguaje humano tiene una dimensión mucho más compleja que parte de la condición angustiante de la identidad del hombre: fragmentada. El hombre habla con preguntas, y habla para expresar sus inquietudes. Sigue siendo utilitario su lenguaje, pero se disfraza esta utilidad de muchas formas, por pura inercia. Tanto el lenguaje como la sociedad pueden girar en sus engranes gracias a todo lo que asumimos en un contrato tácito, con el cual mantenemos una relación contradictoria de rechazo y aceptación.

Cuando hablamos, asumimos que el otro está escuchando; la mayoría de las veces asumimos su interés. Cuando nos responde, asumimos que nos entendió. Nos interesa su respuesta porque puede confirmar lo que pensábamos y si lo hace, nos identificamos con él y asumimos que piensa como nosotros. Si no lo hace, tenemos una oportunidad para convencerlo mediante el diálogo, realmente hablando para convencernos a nosotros mismos. Presuponemos el diálogo cuando muchas veces hacemos en nuestra mente una síntesis de la conversación, un monólogo donde varias voces siguieron un mismo hilo, donde la distinción de voces es sólo una ilusoria repartición espacial. Nos acercamos más al diálogo cuando netamente conversamos hacia adentro, cuando sabemos que no hay pretensiones de autoengaño y la distinción de voces es muy real, justamente porque esos discursos sólo nos sirven a nosotros y no se pueden traducir: no aclaran nada. Nos hacen sentir egocéntricos y esto nos pone ansiosos. A todos nos dificulta mentirnos a nosotros mismos, pero es el arte que ha perfeccionado el hombre, desconociendo e ignorando ciertas voces que lo hacen sentir diferentes, locos. No van con el cuadro que nos han pintado, con el teatro de apariencias que es la sociedad.

La incomodidad que cada persona tiene con esta consciencia del egoísmo determina su sed por la comunicación. Ésta es una sed constante que saciamos como camellos, almacenando los rostros y las palabras de quienes interactuaron con nosotros y generando apego. No sé si los que menos interactúan son menos sedientos o mejores camellos, pero definitivamente hablamos por insuficiencia. Lo interesante es la facilidad con la cual nos creemos nuestro propio juego; así se disfraza el lenguaje y la interacción social: como manifestaciones no egoístas del hombre. Y tiene algo de razón, porque quien reniega de ser egoísta de cierta forma lo es menos. Quien más huye de ese egoísmo más padece la sociedad y más enserio se toma sus reglas. Pero no es menos egoísta en el sentido de que viene de un sentimiento paranoico: siente que los demás no le permitirán ser egoísta y se siente amenazado, no sabe qué hacer con el otro, que es una multitud y él sólo es uno. Si el hombre no estuviera acompañado, no se sentiría solo, y tampoco se sentiría egoísta. Sólo lo sería. ¡Pero qué más egoísta que la paranoia, patología de darse demasiada importancia en los intereses de los demás! Siempre verá a los demás como parte de la multitud y a sí mismo como uno. Así que poniéndose una máscara para ocultar su desbordante ego, disfraza su desconfianza como generosidad de espíritu. Entonces lo que se nos olvida es que nuestra lectura de las interacciones con los otros parte de esa paranoia y es totalmente egocéntrica; damos por hecho que todos los involucrados vivieron lo mismo, y nos exponemos a decepciones y desilusiones por un lado, y reproches y críticas por el otro. Es un ciclo desgastante, y son pocas las personas que realmente se vuelven nuestros cómplices, que es lo que realmente buscamos. Si va a existir el otro, mínimo que no nos haga conscientes todo el tiempo de lo subjetivas que son nuestras percepciones. Esto alimenta nuestra paranoia y es porque seguimos creyendo vagamente en lo objetivo, en algo que está fuera del sujeto, y en este sentido somos, mucho antes que realmente egoístas, seres que no están seguros de que existen.

Por eso yo he jugado con la idea de transformar la comunicación y nuestra idea de diálogo. Menos desgastante pero mucho más difícil de lograr sería un mundo donde todos habláramos solos, demostrando que no nos sentimos solos, y profundizáramos y trivializáramos nuestra experiencia por medio de palabras, automáticamente. Hablaríamos sin tanto ocio, sin tantas preguntas que ya saben qué respuesta quieren oír, y nos daría igual quién de todos nos escuchara. Finalmente todos son el otro. Podríamos realmente nutrirnos de sus palabras porque serían auténticas, y serían auténticamente otras realidades, y ya no necesitando lo objetivo, nuestro mayor placer sería enriquecer nuestra experiencia subjetiva con perspectivas distintas o puntos de vista que no se nos habían ocurrido. La información en sí sí contribuye a la poética de la realidad. Viviríamos perfeccionándonos como individuos (según nosotros), en la autocrítica y auto-contemplación. También disfrutaríamos del glorioso placer de olvidar y perder el hilo, no tomaríamos todo tan en serio. Cuando habláramos, estaríamos seguros de estar viendo las cosas como queremos y de estar viviendo. Posiblemente hablaríamos tanto que sería raro escuchar, pero dependiendo del valor de lo que escuchemos, según nuestro criterio firme y seguro de sí mismo, nuestros hábitos cambiarían. Posiblemente terminaríamos guardando silencio porque ya no tendríamos nada que decir; llegaríamos a que no somos nada más que un receptáculo de lo que nos rodea e impulsa a flotar en un mar de estímulos: mundo, agente activo; nosotros, agente pasivo. Muy probablemente cada quién lo viviría distinto: algunos no pararían de hablar, algunos no pararían de ver, algunos no pararían de tocar y correr, algunos no pararían de oír, y ninguno se sentiría loco. Eliminaríamos el problema del otro porque volveríamos a estar solos, crearíamos un circo donde todo tendría sentido, donde todo sería símbolo porque el valor es simbólico y su código es subjetivo. Nada de signos que nos dicen a todos lo mismo.

El hombre por naturaleza es egoísta, pero no vive su naturaleza completamente porque le ha puesto límites a su lenguaje, “para mayor comprensión”, y porque ha creado sociedad. Está en su naturaleza de medio para un fin (el hombre inacabado, indefinido, en constante renovación) haber creado esas cosas. Pero el hombre completo, el hombre como fin, es el hombre que puede vivir su naturaleza egoísta sin temores y sin paranoia. Por eso los escritores, la mayoría de las veces ejemplos extremos de fe en el lenguaje y necesidad de expresarse y mucho menos veces simplemente hombres que tienen mucho que decir, se quedan siempre en el medio, en la insuficiencia de traducir la vida en palabras: no conciben el fin como una forma de vida y la vida es un medio hasta... ¿que llega a su fin? Tal vez me equivoco y la verdadera naturaleza del hombre es ésa: la de seguir fragmentado y peleando consigo mismo.

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