13 oct 2009

El recital

¡Cómo me voy abriendo, desplegando como los pétalos de una flor ansiosa por mostrar su centro! Marchitará pronto, pero será la más bella. Cómo me voy abriendo y no conozco freno.
Cuando escucho la música, revivo todo aquello.

Tú… cómo lo miras en el piano. Tu cara es de amargura… te llena de dolor tanta belleza y talento. Te hacen cosquillas en el alma esas notas y te provoca náuseas: eres tan poco, tan vil, tan insignificante. Quieres llorar todos los males que te carcomen (como tú la sábana, que muerdes en la tenue oscuridad de la recámara): el saber que no llegas a la altura de quienes te rodean, ni de la suerte que te tocó de vida, que no te quieres ni un poquito. La música la vuelves pesadumbre.

Abuela… ¿por qué cuando toca el piano, no dejas de mirarlo, y tus ojos parece que saldrán de tu cara rebeldes a cobrar vida propia, y te tiemblan un poco los labios y haces soniditos hacia adentro, y sé que te tragas las lágrimas? Y los días que siguen, hablas mucho de lo que era el abuelo, y no se te olvida regar las plantas.

(El gato también escucha. Se acomodó bajo el futón sin que nadie lo viera, salvo una niña, que sólo ve sus ojos abrir y cerrarse en la sombra. Antes de cambiar de sitio, el gato se frotará contra la pared con mucho romanticismo.)

La joven de los tenis de tela busca una pluma con los ojos, y manosea su bolsa con deseos de sacar su cuaderno pero no se atreve. Tiene tanto que escribir...

Papá cuando escucha música se queda todo serio. Pareciera que alguien tiró el jugo, y a propósito. Pero se le van aplanando las arrugas de la cara, lentamente. Luego sólo parece que es niño de nuevo, y es él quien tiró el jugo, pero no queriendo.

La mujer que deseo escucha el piano y no para de moverse. Sus ojos no enfocan nada (a veces el pianista, a veces las contrastantes teclas que le dan nostalgia, a veces los cierra pero yo siento que siguen, expresando). Siempre sabes que sonríe, aunque su boca mienta (¡su boca tan dinámica!) porque sonríe con todo el cuerpo. Todo su cuerpo está encendido, y baila, como no puede hacerlo en los grandes salones en las grandes fiestas con la gran música (porque se queda torpe y perpleja), pero en su silla, meciendo sólo los hombros, manos y cadera, es un cisne.

Mi sobrinita cachetona que junta sus labios manchados de dulce es toda pestañas y puchero, como cuando tiene sueño en algún evento pero no se puede dormir. Y su hermanito, siguiendo su ejemplo, escucha atento, y no se da cuenta que va recorriendo el trasero, lentamente, hasta estar casi abrazado de su hermana.

Esa señora podría ser mi amiga, y me veo disfrutando tomar un café con ella si se diera. En lo que lleva de este movimiento, sólo ha sonreído oreja a oreja. Es un ser alegre, que disfruta el juego y poco se preocupa por lo que no debe. Tú… deberías aprender de ella. Aunque ella se pierde de la profundidad de tu desgarramiento, creo que tú eres quien más se pierde.

El viejito está roncando, de nuevo las notas lo llevaron muy lejos, tan lejos, a castillos en las nubes (donde danzan bailarinas en leotardos que son más pierna que nada y dibujan con ellas los bemoles en el aire).

Él piensa en su amor, que tanto lo atormenta. El amor, cuando existe, logra ser todo, y parece que las escalas de sentimiento narran su historia, narran las etapas de su relación y revive la desolación que sintió en la discusión de la mañana sobre quién se bañaría primero.

Ella siente las flechas del arte apuntando hacia afuera, no hacia adentro. Absorbe, con más agudeza de lo normal, la energía del ambiente, y se entretiene leyendo los rostros de la gente.

Cuando mamá lo escucha, le empieza a temblar la pierna. Se activa el tic nervioso porque lo demás cesa –no piensa ahorita en la lista del súper. En su pierna almacena esas inquietudes. No sé qué pase con el resto de su cuerpo.

***
Yo agradezco que mi hermano toque el piano. Maneja ese lenguaje tan bien que hasta las cosas lo escuchan. Los cuadros, el piso de madera, las copas de vino… simplemente los colores son más brillantes, y así se quedan.

Él es el único que no escucha. Él lo hace todo al revés… sus manos sueñan con nuestras historias que no conocemos pero reconocemos –combinadas, condensadas, simplificadas y glorificadas en música. Él es lo que menos existe en este cuarto (pero todos creemos en él) (y en realidad está solo, tocando) (pero es dueño de todo ahí, porque todo pende de la punta de sus dedos) (y él no siente nada ni puede ser) nada más que música.

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