3 mar. 2011

Locura inminente

Empecé a comprobar que me estaba volviendo loca: que me estaba acercando cada vez más a lo intraducible. Pero seguía siendo una historia. Seguía siendo una historia del personaje trabado de la novela que estaba escribiendo, de la novela que a futuro iba a ser cosechada, asimilada, terminada y, finalmente, comunicada. De todas formas, seguía siendo una realidad alterna totalmente controlable.

mm… ¿sí? ¿verdad?

"Tenemos nuestro retrato de Dorian Gray pero lo estamos cuidando".

Igual ni sé a qué viene el nosotros, ni el preguntar. Estamos en este camino solos y sin más remedio que la gotita de agua y la risa para hacerle cosquillas al mundo, nada más, como tenue mago silencioso. Y eso si queremos, si nos alcanza la voluntad o la bondad o lo que quieran llamarle. Por eso sí, tener tu retrato real es bueno, es un salto hacia tu libertad, pero haces lo que puedes.

Ya me respondí a mí misma la pregunta. ¿Ves? Eso es el diálogo. Sí, sigue habiendo “yo” y “tú”. Sigue habiendo musas y silencio, musas como luciérnagas que corren a los dedos y silencio que absorbe el tiempo turbio, que lo bebe, y se consuela con las musas que musan incesantes, varias mujeres chillonas, las únicas que no mienten. Así hay pasión en la palabra, así y tal vez de alguna otra forma, por otro camino de amor hacia alguna otra voz de verdad externa, de eso y aquello y nosotros.

Pero solamente se trata de conectarte realmente con la poesía y con el poema para ser un poeta vivo, ese mago tenue, realmente, y no una copia barata amargada consigo misma, variante pleonásmica de la existencia de la consciencia como materia que se sabe materia que… ah… quién sabe de qué tanto sirva. Sirve, porque siempre logrará su mágico efecto; no sirve, porque es siempre insuficiente. No deja de haber erupciones de más poesía para poetizarla; no tiene fin el vómito existencial de la metáfora como epifanía sobre el mundo creado por el hombre, y siempre seguirá sucediendo porque ocurre el contagio de algo tan surreal, tan acercado a nuestro polo que apunta hacia el Nacimiento, que nos enteramos que por distraídos hemos limitado nuestra sabiduría natural y nunca nos entendemos cuando hablamos de esas cosas aunque parecen haber muchos tipos de acuerdos más bien tácitos con un sello de “institucionalizado”.

Y este discurso ya contiene un rasgo de crítica social, uno de psicológica, otro de evolución y progreso. Finalmente son puros monólogos atropellados de una persona atrapada entre sus posibilidades imaginables y sus aspiraciones perennes, entre sus jaulas fatalmente establecidas y que con fatalidad odia, y escribe de madera y de árboles como si sólo la tierra la entendiera y que se estremeció de niña cuando escuchó el bello título “I Know Why the Caged Bird Sings”.

Apenas estás descubriendo tu retrato, le estás levantando el velo, la tela, y empezando a reconocer que siempre te agarraste muy fuerte de tus realidades y también de tu inocencia, de tu esperanza y delirios de pureza. Pero está bien, se trata de no agarrarlos tan fuerte, de no apretarlos. Y así, agarrar las riendas del caballo y conducirlo por el camino dorado, sin miedo porque es el camino a casa.

El camino siempre implicará APRENDIZAJE, y eso se libra del hermetismo del conocimiento autodidacta: sí implica un auto-exilio de ti mismo. Quién sabe a quién o qué le diste la mano cuando te empeñaste en ser un Odiseo en tu masculinidad y una Antígona en tu feminidad, pero lo hiciste. Caminas por una tierra extraña y no alcanzas ver el fin.

¿La novela es el retrato entonces? ¿El retrato es la novela? ¿Ser esclava de un cuadernito es el camino hacia la “vida verdadera”, estar pensando todo el tiempo en esquemas narrativos, acomodos posibles, planos de recuerdos y más maquinaciones? Sí, eso pensé. Eso, por lo menos, le mostraba la historia.

Your dreams won’t let you live until you listen to them.

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